viernes, 22 de mayo de 2009

UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO, Mijaíl Y. Lérmontov

Arrancamos: cinco flacos caballejos tiraban penosamente de nuestros carros por un tortuoso camino hacia el monte Gud; íbamos a pie detrás, calzando con piedras las ruedas cuando los animales se paraban, exhaustos; parecía que el camino condujese al cielo, porque, en todo cuanto abarcaba la vista, seguía elevándose sin interrupción hasta perderse en la nube que desde la tarde anterior flotaba sobre la cumbre del Gud como un buitre acechando la presa; crujía la nieve bajo nuestros pies; el aire estaba anrareciéndose, hasta el punto de hacer daño al respirar; la sangre fluía continuamente a la cabeza, pero al mismo tiempo una sensación de bienestar iba inundando todas mis venas y produciéndome una inexplicable alegría; la de sentirme tan por encima del mundo. No discuto que era un sentimiento pueril, pero al alejarnos de los convencionalismos sociales y acercarnos a la Naturaleza nos hacemos involuntariamente niños: todo lo adquirido se desprende del alma y esta vuelve a ser tal como fue antaño y como probablemente volverá a ser. Quien, igual que yo, haya tenido ocasión de vagar por montañas desiertas, de contemplar larga, muy largamente, sus fantásticas formas y de aspirar con avidez el aire vivificador expandido entre sus precipicios, no dejará de comprender mi afán de transmitir, relatar, dibujar esos mágicos cuadros.

miércoles, 20 de mayo de 2009

EL ASTILLERO, Juan Carlos Onetti

Esperó a que el sol iluminara el techo con la luz de las seis de la tarde. Se acarició frente al espejo la carne barbuda del mentón, se puso agua en el pelo, hizo llover talco sobre tres dedos y estuvo masajeándose las mejillas, la frente y la nariz. No quería pensar al anudarse la corbata, al ponerse el saco, al elegir una de las dos polveras. "Este señor que me mira en el espejo." Caminó metiéndose en la quietud del frío, tieso y taconeando sin resultado, calle abajo sobre la tierra húmeda, negro y empequeñecido entre las alturas de árboles.