viernes, 18 de septiembre de 2009
LA DILIGENCIA FANTASMA, Amelia B. Edwards
Repetí la pregunta en voz algo más alta, pero con idéntico resultado. Entonces perdí la paciencia y solté el marco corredizo de la ventana. Al hacerlo, el tirante de cuero se partió, quedándoseme en la mano, y observé que el cristal estaba cubierto por una fina capa de moho, acumulado, se diría, en el curso de los años. Interesado por el estado de la diligencia, la examiné con mayor atención y, a la luz incierta de los faroles de fuera, vi que estaba absolutamente ruinosa. No sólo necesitaba reparaciones por todas partes, sino que se estaba pudriendo. Las ventanillas se rajaban al tocarlas. Los accesorios de cuero estaban enmohecidos y literalmente putrefactas las juntas de las molduras. El suelo casi se quebraba bajo mis pies. En pocas palabras, todo el vehículo estaba muy dañado por la humedad y pensé que sin duda había sido rescatado del almacén, donde llevaría años descomponiéndose, para rodar un par de días más por las carreteras.
jueves, 17 de septiembre de 2009
LOS OJOS DE UN CRIADO, Hermann Lenz
Ese pasó a ser entonces para él el camino más confortable: las estrechas calles muertas y las casas casi vacías; las calles reverberaban blancos; en un jardín había una mata de flores amarillas y el que una dama estuviese sentada en un balcón con los pies apoyados en un taburete, tapizado de rojo, y leyese reclinada, le produjo una alegría casi salvaje, y pensó: "Se lo explicaré a Elise".
martes, 15 de septiembre de 2009
CUANDO DESEAR TODAVÍA ERA ÚTIL, Peter Handke
Ahora hace ya cuatro semanas
que reluce el sol
y me he sentado en la terraza
y a todo lo que me pasaba por la cabeza
y a todo lo que veía
únicamente le he respondido "sí, sí"
que reluce el sol
y me he sentado en la terraza
y a todo lo que me pasaba por la cabeza
y a todo lo que veía
únicamente le he respondido "sí, sí"
miércoles, 9 de septiembre de 2009
LA MUERTE DE IVÁN ILICH, Tolstoi
Este yacía como todos los muertos. Producía una particular sensación de pesadez, con los miembros petrificados y hundidos en la caja, con la cabeza reposando para siempre en el cojín y sacando, como siempre hacen los muertos, su frente amarilla de cera, con los escasos cabellos pegados en las hundidas sienes y la nariz saliente, que parecía inclinada sobre el labio superior. Había cabiado mucho, estaba aún más delgado desde que Piotr Ivánovih lo viera la última vez, pero, como les ocurre a todos los muertos, su cara era más hermosa y, sobre todo, con más expresión que cuando estaba vivo. Esta cara parecía decir que todo cuanto era necesario hacer había sido hecho; y había sido hecho bien.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
LA TERCERA GUERRA MUNDIAL, Ismael Grasa
Los hermanos, ya en carreteras catalanas, hacen señas cuando pasan junto a algún otro coche con matrícula de Huesca, los de uno y los de otro vehículo se miran y tratan de reconocerse. Luego los hermanos utilizan el cronómetro del reloj de la comunión para jugar a no respirar. Por la tarde, aparcado el coche cerca de la playa, se acercan a ver el mar, pero no sienten nada y se cansan en seguida.
miércoles, 15 de julio de 2009
EL VILLORRIO, Faulkner
Erguido en la galería del bazar, dominando la media docena de individuos que estaban sentados, o en cuclillas, con sus cuchillos y trozos de madera, Varner contempló a su visitante atravesar el pórtico, cojeando, rígido, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, bajar, desatar entre de entre los caballos de tiro y de montar, atados al pie del balcón, un mulo escuálido de ronzal raído y riendas de cuerda, arrastrarlo hasta la escalera, montarlo torpemente sin doblarse, y alejarse, siempre sin echar una mirada a su alrededor ni a los hombrese sentados en corro.
martes, 14 de julio de 2009
DIARIOS, Kafka
Ayer en la fábrica. Las muchachas con sus vestidos intolerablemente sucios y sueltos, con los pelos revueltos, como si acabasen de despertarse, con la expresión cerrada a causa del ruido incesante de las correas de transmisión y de las máquinas que, aun siendo automáticas, tienen imprevisibles paros bruscos; no son personas, no las saludamos, no les pedimos disculpas cuando tropezamos con ellas; si las llamamos para un pequeño trabajo, lo realizan, pero vuelven inmediatamente a la máquina; con un gesto de cabeza, les indicamos dónde deben ponerse; ahí están en enaguas, sometidas al más mínimo poder, y ni siquiera tienen la mente bastante serena para reconocer dicho poder y ganarse su aquiescencia con unas miradas o unas inclinaciones. Pero así que dan las seis, se llaman unas a otras, se quitan los pañuelos del cuello y de la cabeza, se quitan el polvo con un cepillo que recorre toda la sala y que las impacientes reclaman, se ponen las faldas por la cabeza y se lavan las manos lo mejor que pueden — al fin son mujeres; a pesar de la palidez y de los dientes estropeados, pueden sonreír, menear sus anquilosados cuerpos; ya no podemos tropezar con ellas, mirarlas y pasarlas por alto; nos pegamos a las mugrientas cajas para dejarles libre el paso, nos quitamos el sombrero cuando nos dan las buenas noches, y no sabemos cómo tomarlo cuando una nos sostiene el abrigo para que nos lo pongamos.
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