lunes, 22 de junio de 2009
LUGAR, Juan José Saer
Mis valencias turísticas son limitadas. Ver la tierra desde la luna y pasearme por ese suelo polvoriento, oyendo el chasquido de mis zapatos gruesos contra las esférulas y los pedruzcos de piroxena, olivina y feldespato, chirriar la materia vitrificada y muerta bajo las suelas, no me produjo mayor entusiasmo que mis visitas (un poco obligadas por los hábitos de la época, como mi carrera de astronauta lo fue en cierto sentido por un padre militar) a las cataratas del Iguazú o al desierto del Gobi. No digo que no me haya producido ninguno sino que el que experimenté fue de lo más módico. Tal vez la única maravilla auténtica de mi paseo haya sido que las huellas de mis zapatos quedarán impresas en ese polvo pardo durante millones de años, pero también eso tiene su lado negro, porque en las noches de insomnio, o en las mañanas indecisas y turbias en las que la situación parece sin salida, la forma estriada y ancha de esas huellas, obcecada y autónoma, insiste en venir a estamparse, nítida y excluyente, durante horas e incluso durante días, en la zona clara de mi mente.
viernes, 22 de mayo de 2009
UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO, Mijaíl Y. Lérmontov
Arrancamos: cinco flacos caballejos tiraban penosamente de nuestros carros por un tortuoso camino hacia el monte Gud; íbamos a pie detrás, calzando con piedras las ruedas cuando los animales se paraban, exhaustos; parecía que el camino condujese al cielo, porque, en todo cuanto abarcaba la vista, seguía elevándose sin interrupción hasta perderse en la nube que desde la tarde anterior flotaba sobre la cumbre del Gud como un buitre acechando la presa; crujía la nieve bajo nuestros pies; el aire estaba anrareciéndose, hasta el punto de hacer daño al respirar; la sangre fluía continuamente a la cabeza, pero al mismo tiempo una sensación de bienestar iba inundando todas mis venas y produciéndome una inexplicable alegría; la de sentirme tan por encima del mundo. No discuto que era un sentimiento pueril, pero al alejarnos de los convencionalismos sociales y acercarnos a la Naturaleza nos hacemos involuntariamente niños: todo lo adquirido se desprende del alma y esta vuelve a ser tal como fue antaño y como probablemente volverá a ser. Quien, igual que yo, haya tenido ocasión de vagar por montañas desiertas, de contemplar larga, muy largamente, sus fantásticas formas y de aspirar con avidez el aire vivificador expandido entre sus precipicios, no dejará de comprender mi afán de transmitir, relatar, dibujar esos mágicos cuadros.
miércoles, 20 de mayo de 2009
EL ASTILLERO, Juan Carlos Onetti
Esperó a que el sol iluminara el techo con la luz de las seis de la tarde. Se acarició frente al espejo la carne barbuda del mentón, se puso agua en el pelo, hizo llover talco sobre tres dedos y estuvo masajeándose las mejillas, la frente y la nariz. No quería pensar al anudarse la corbata, al ponerse el saco, al elegir una de las dos polveras. "Este señor que me mira en el espejo." Caminó metiéndose en la quietud del frío, tieso y taconeando sin resultado, calle abajo sobre la tierra húmeda, negro y empequeñecido entre las alturas de árboles.
miércoles, 29 de abril de 2009
COMO VIVÍ Y COMO MORÍ, Virgilio Piñera
Pues viví, salvo algunas satisfacciones de tono menor, como un miserable. Un miserable es un ser humano cuyo trasero se encuentra a la disposición de todos los pies; absolutamente de todos los pies, comprendidos los mismos pies de los miserables. Un detalle curioso: si un juez o un periodista me preguntase qué animal he visto más en mi vida, le diría sin vacilación que la cucaracha. Más que perros y gatos, animales que siempre ganarían en un concurso de compañeros del hombre. Y juré, en uno de esos raros días en que mi estómago estaba repleto, que si por un vuelco de la fortuna llegaba a ennoblecer mi vida, en mi escudo aparecería una magnífica cucaracha de oro en un campo azul...
martes, 28 de abril de 2009
BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE, Herman Melville
Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la baranda en descanso.
—¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? —le dije.
—Sentado en la baranda —respondió humildemente.
Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.
—Bartleby —dije —, ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?
Silencio.
—Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría volver a emplearse como copista?
—No, preferiría no hacer ningún cambio.
—¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?
—Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor —respondió como para cerrar la discusión.
—¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.
—No me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.
Su locuacidad me animó. Volví a la carga.
—Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de comerciantes? Sería bueno para su salud.
—No, preferiría hacer otra cosa.
—¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y distraerlo con su conversación? ¿No le agradaría?
—De ninguna manera. No me parece que haya en eso nada preciso. Me gusta estar fijo en un sitio. Pero no soy exigente.
—¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? —le dije.
—Sentado en la baranda —respondió humildemente.
Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.
—Bartleby —dije —, ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?
Silencio.
—Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría volver a emplearse como copista?
—No, preferiría no hacer ningún cambio.
—¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?
—Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor —respondió como para cerrar la discusión.
—¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.
—No me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.
Su locuacidad me animó. Volví a la carga.
—Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de comerciantes? Sería bueno para su salud.
—No, preferiría hacer otra cosa.
—¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y distraerlo con su conversación? ¿No le agradaría?
—De ninguna manera. No me parece que haya en eso nada preciso. Me gusta estar fijo en un sitio. Pero no soy exigente.
viernes, 24 de abril de 2009
EL ENANO, Pär Lagerkvist
Mi estatura es de 65 centímetros. Estoy bien conformado, con las proporciones correspondientes, aunque tengo la cabeza un poco grande. El pelo no es negro, como el de los demás, sino colorado y echado hacia atrás de las sienes, y de una frente que más impresiona por lo ancha que por lo alta. Soy lampiño, pero, fuera de eso, mi rostro es como el de cualquiera. Las cejas son espesas. Mi fuerza física es considerable, especialmente si me enfurezco. Cuando se dispuso la lucha entre yo y Josafat, a los veinte minutos lo puse con la espalda contra el suelo y lo estrangulé. Desde entonces, aquí no hay más enano que yo.
sábado, 18 de abril de 2009
LOS CUADERNOS DE FRITZ KOCHER, Robert Walser
¿Cómo podría explicarlo? La música es un llanto en melodía, un recuerdo en tonos, una pintura en sonidos. No sé decirlo mejor. Sólo que las palabras sobre el Arte más arriba mencionadas no pueden ser tomadas en serio. Son tan poco ciertas como es el hecho de que hoy no me haya encontrado con ningún sonido. Algo me falta cuando no escucho música, y cuando escucho música, me falta algo de verdad. Esto es lo mejor que he sabido decir a propósito de la música.
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