martes, 16 de febrero de 2010
OBRAS PÓSTUMAS PUBLICADAS EN VIDA, Robert Musil
Un pequeño ratón se había construido cerca del banco, rara vez visitado, un sistema de pasadizos. Profundos para un ratón, con agujeros para desaparecer y volver a aparecer en otro lugar. Dentro de ellos se detenía, volvía a correr en círculos. De los truenos del aire surgió una inmensa calma. La mano humana se hundió frente al respaldo del banco. Un ojo, tan pequeño y negro como la cabeza de un alfiler, se dirigió hacia allá. Y, por un momento, se tenía una sensación tan extraña y perturbadora que no se sabía de veras si ese pequeño ojo negro y vivaz daba vueltas o si era la enorme inmovilidad de las montañas la que se movía. Ya no se sabía si se estaba consumando en uno la voluntad del mundo o la de ese ratón que resplandecía desde ese ojo diminuto y solitario. Ya no se sabía: si había una lucha o si ya regía la eternidad.
jueves, 21 de enero de 2010
POR LOS TIEMPOS DE COLLING, Felisbesto Hernández
Solamente cuando la conversación de él aflojaba o tenía poco interés, aprovechaban a entrar en mi atención los pensamientos de las angustias; ellos cubrían esos otros instantes y exigían que se les atendiera. Ya habían estado merodeando algunos; eran a propósito de la actitud que había tenido la muchacha del pañuelo en la cabeza. ¿No habría sido cierto que por ser una muchacha linda yo hubiera querido sobreponerme a ella diciéndole una palabra refinada? Para ella, "lazarillo", sería una palabra refinada. ¿Y que después me hubiera angustiado porque habría sentido que ella reaccionaba respondiendo con aquella actitud? Siempre me ocurría lo mismo con algunos hechos: yo era despertado por ellos; accionaba espontánea y alegremente; ellos llegaban inesperados y sorpresivos; y yo no sabía ni pensaba que después volverían y empezarían a merodear; ni cuáles de ellos serían los que me volverían, los que me habrían quedado pegados con angustia. Cuando la muchacha me habló con aquella reacción, yo me quedé contemplándola; estaba completamente ocupado en contemplarla, y hasta en obedecerla, como cuando me dijo que entrara. Después, me había quedado en la memoria mi propia actitud pasiva; y me avergonzaba y me fastidiaba hasta la angustia. A veces atinaba, yo también, a reaccionar a tiempo. Pero mi maldito ritmo, mi lentitud, hacía que casi siempre llegara tarde o fuera de lugar. Entonces esos serían los hechos que después volverían. Y eran capaces de volver, hasta después de años. Y al recordarlos, de pronto, hacía inevitablemente una contracción de todos los músculos.
jueves, 14 de enero de 2010
LOS SIETE LOCOS, Roberto Arlt
Y clavados los ojos en el rincón sudeste del cuarto, sin sonreír, con una expresión casi dolorosa en el semblante sucio, con barba de tres días, Barsut monologaba lentamente, contaba sus terrores de hombre de veintisiete años, la preocupación que le había dejado en el entendimiento el guiño de un pez tuerto, y relacionando el pez tuerto con la mirada fisgona de una anciana alcahueta que quería que se casara con su hija que se dedicaba al espiritismo, derivaba la conversación hacia cada absurdo que de pronto, Erdosain, olvidándose de su rencor, se preguntaba si el otro no estaría loco. Elsa, indiferente a todo, cosía en la habitación medianera, mientras un profundo malestar inmovilizaba a Erdosain.
LA FUERZA DE LA COSTUMBRE, Thomas Bernhard
A la izquierda un piano
Delante cuatro atriles
Armario, mesa con radio, sillón, espejo, cuadros
El quinteto La Trucha por el suelo
Caribaldi está buscando algo debajo del armario
malabarista, entrando
Pero qué hace usted ahí
El quinteto en el suelo
Señor Caribaldi
Mañana Augsburgo
verdad
CARIBALDI
Mañana Augsburgo
MALABARISTA
El precioso quinteto
(recoge el quinteto)
Por cierto he recibido
la carta de Francia
(pone el quinteto en uno de los atriles)
Figúrese
con una garantía
Pero la experiencia enseña
que no se debe aceptar
una oferta
enseguida
Eso enseña la experiencia
(arregla el quinteto en el atril)
Sobre todo Burdeos
la ciudad blanca
Pero qué busca ahí
Señor Caribaldi
(coge el violonchelo que está apoyado en el atril, lo limpia con la manga derecha y vuelve a apoyarlo en el atril)
Polvoriento
todo está polvoriento
Porque tocamos
en este lugar tan polvoriento
Hace viento aquí
y polvo
CARIBALDI
Mañana Augsburgo
MALABARISTA
Mañana Augsburgo
Por qué tocamos aquí
me pregunto
Me pregunto por qué
Eso es cosa suya
Señor Caribaldi
lunes, 28 de diciembre de 2009
ESCALADA, Ludwig Hohl
Tenía que subir, y hemos de mencionar que lo hizo de modo casi imperceptible, centímetro a centímetro, ora por aquí, ora por allá. A ningún animal puede comprarse esta manera de trepar tan difícil. Tampoco hace falta mencionar la gamuza, pues no sabe escalar en absoluto, a pesar de que al andar y saltar supera con creces al ser humano. En el caso de la ardilla, que es portentosa en este aspecto, se suele olvidar fácilmente su cola, que le permite utilizar el aire, es decir, volar en parte. ¿Quizás los monos? No lo sé. Pero se impone una comparación con el mundo de las plantas, a pesar de su enorme diversidad: la hiedra.
lunes, 7 de diciembre de 2009
LA MUERTE DEL AUTOR, Roland Barthes
Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.
domingo, 6 de diciembre de 2009
POLZUNKOV, Fedor Dostoievski
Su continua movilidad, sus giros y contorsiones le daban la exacta semejanza de un muñeco. ¡Y cosa rara! Parecía temeroso de las bromas, a pesar de que vivía casi exclusivamente de hacer el bufón ante todo el mundo, expuesto siempre a recibir bofetadas tanto morales como materiales, a juzgar por la compañía de la que se rodeaba. Los bufones voluntarios no se merecen compasión, pero yo noté en seguida que este ser raro, este hombre ridículo no era un bufón profesional; aun había en él algo de caballeresco. Sus desasosiegos, sus recelos incesantes hablaban a su favor. Me parece que el deseo de congraciarse con todo el mundo se debía más a bondad de alma que a consideraciones mercenarias. Permitía que todos se le riesen en las propias narices de la manera más descarada; pero al mismo tiempo —y estoy pronto a jurarlo— le dolía y le entristecía pensar que la brutal grosería de sus oyentes se manifestase en risotadas, no precisamente ante sus dichos o hechos, sino ante él; que se burlasen de su persona, de su corazón, de su cabeza, de su facha, de todo su cuerpo, de su carne y de su sangre.
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