martes, 13 de enero de 2009

GIOVANNI PAPINI, Bufonadas

Mire usted, yo no soy como los demás. A mí me interesa todo. Me duele mi infancia. También yo recuerdo cuán bárbaramente fue sacrificada e incomprendida mi inteligencia entonces. Estoy seguro de haber sido más inteligente a los diez años que ahora. Estoy locamente enamorado de la libertad y no tengo prejuicios. Conmigo puede usted hablar sin miedo.

lunes, 5 de enero de 2009

VERGÍLIO FERREIRA, Para siempre

No tuve el coraje de pedírtelo. Música lejana, en el trazado remoto de mi vida entera. Salimos de la facultad, ya era tarde, todo el cielo se nublaba de las memorias del final del día. Sandra vivía allí mismo, era una casa estrecha, encima de la esquina de un café, yo necesitaba tanto estar contigo, existir para ti. Porque yo estaba desnivelado, tú exististe enseguida brutalmente para mí. Existías con un fervor íntimo finísimo en la fimbria de mis nervios, en la fundición como un metal de toda mi personalidad. Oh, nunca la tuve delante de ti. Eras hermosa minúscula graciosa. Espuma leve de un vino en el límite de la embriaguez. Delicada flor. Y el terror de que mi aliento te quemase. Era así.

—Entonces hasta mañana.

oh, no. Un momento todavía, sólo un momento, pero ¿qué voy a decir?, ¿qué restos de mí son aprovechables para ser decente ante ti?

—Todavía no me ha dicho qué le ha parecido el pianista.

—Bien. Creo que bien. Y entonces hasta mañana.

Le cogí la mano breve, oye

—Escuche, Sandra.

—Sí. Pero no se llevará la mano...

—Necesito tanto hablar con usted.

—Sí. Pero hoy no, ¿eh?

—¿Cuándo?

—Oh, no sé. Cualquier día.

Abrí la mano, apartó la suya, me quedé con la mía todavía en el aire como implorando que no. Fue cuando otra vez la música de la tierra, llega en la voz de una mujer, la oigo. Estoy solo, como difícilmente puedo imaginar. A veces, instantánea, la imagen de la realidad. Me quedo quieto, la respiración prendida, los ojos desorbitados. Es una explosión de evidencia sin una idea para ella. ¿Cómo se puede ser hombre sin olvidar?, se es hombre sobre todo por lo que se olvida. Y entonces Sandra se volvió de espaldas, frágil, leve, delineación sutil. Un hombre pasaba por delante de la facultad, era bajo, lo parecía, tal vez por la frente inclinada, concentrada hacia la intimidad de sí mismo.

—Eh, Predicador

los chavales le tiraban monedas, él las cogía. Levantaba a un lado y a otro los brazos con gestos cortos, iba gesticulando, no decía nada.

jueves, 1 de enero de 2009

RAYMOND QUENEAU, Mi amigo Pierrot

Acodado muy a gusto, Pierrot pensaba en la muerte de Luis XVI, lo que quiere decir nada preciso en particular; no había en su cabeza sino un vaho mental, ligero y casi luminoso como la bruma de una hermosa mañana de invierno, sino un vuelo de mosquitas anónimas. Los autos se hostiaban con energía, los troles crepitaban contra el hilo metálico, había mujeres que gritaban, y, más allá, en todo el resto del Uni-Park, había un rumor de multitud que se divierte, un clamor de charlatanes y farsantes que convierte y un fragor de objetos que se invierten. Pierrot no tenía ninguna idea especial sobre la moralidad pública ni el porvenir de la civilización. Nunca le habían dicho que fuera inteligente. Le habían repetido más bien que se conducía como un zopenco o que tenía analogías con la luyna. En todo caso, aquí, ahora, estaba feliz y contento, vagamente. Por lo demás, entre las mosquitas, había una mayor que las otras y más insistente. Pierrot tenía un oficio, al menos por esta temporada. En octubre, ya vería. De momento, tenía un tercio de año ante él zumbando con los cuartos de su paga. Había motivo para que estuviera feliz y contento quien, como él, tenía un conocimiento permanente de los días inciertos, las semanas poco probables y los meses muy deficientes. El ojo a la virulé le dolía un poco, pero, ¿acaso ha impedido el sufrimiento físico alguna vez la felicidad?

miércoles, 31 de diciembre de 2008

ESOPO, Fábulas

Éranse dos ranas vecinas. La una vivía en un estanque profundo, lejos del camino, la otra ocupaba una pequeña charca del camino. Entonces la del estanque aconsejó a la otra que se cambiara a vivir con ella para que disfrutara de una vida mejor y más segura. Aquélla no se dejó convencer, diciendo que le era duro desarraigarse del lugar al que estaba acostumbrada; hasta que pasó un carro por allí y la mató.

lunes, 29 de diciembre de 2008

JUAN JOSÉ SAER, La pesquisa

Exactamente en el mismo momento Lautret, con un ademán rápido y eficaz, arrojó el montón de papelitos al aire, por encima de las cabezas de sus colegas. Una lluvia lenta de papelitos blancos, diseminándose en el aire después del envión energético de Lautret, empezó a flotar en la pieza iluminada cayendo hacia el piso, y como muchos papelitos giraban sobre sí mismos mientras se dejaban atraer, sin demasiado apuro, a causa de su peso escaso, por la fuerza de la gravedad, el espacio vacío entre los cuatro hombres parados frente a frente se llenó de una agitación silenciosa blanca, algo inconsecuente respecto de la tensión psicológica que se percibía en la oficina y Morvan, que, sin saber por qué, miraba como hechizado el torbellino delicado y mudo, giró despacio la cabeza hacia la ventana y vio primero los papelitos blancos reflejados en los vidrios helados y cuando se concentró más en lo que estaba viendo, aunque al principio le costó creerlo, pudo comprobar con asombro que más allá de los vidrios, entre las ramas desnudas de los plátanos, y por todo el aire azul y gélido del anochecer de invierno, la lluvia de papelitos blancos se había generalizado, y recién después de una fracción de segundo de confusión, durante la que hubiese atravesado un universo mágico, comprendió que afuera estaba nevando.

martes, 16 de diciembre de 2008

YURI ANDRUJOVICH, Recreaciones

Sabéis, amigos, cada paso nuestro hace el camino. Las cenizas de los imprerios pueden sepultarlo todo pero también está el viento sempiterno, el movimiento del aire, los flujos de ozono. Sólo nos podrá salvar el viento, sólo el agua de los ríos. Al amanecer las armas son preciosas, brillantes, relucientes. Cada uno de nosotros lleva encima estas armas, afiladas como la palabra de Dios. No os olvidéis tampoco del oro del sol, del musgo encima de las piedras, de los espejos cálidos del otoño. Amad a las chicas y os engedraréis a vosotros mismos. Criad abejas y no piséis las hormigas, y se os pagará con creces. Cultivad el trigo como dicen los libros, pastoread rebaños en las laderas. Tallad héroes de madera, comprad pájaros enjaulados y ponedlos en libertad. Pescad peces y queredlos como a cualquier otro símbolo. Haced caso a vuestra propia sangre porque la sangre es el Estado. Respetad cada brizna de hierba, pues la hierba es la nación, es la esperanza. Rezad sólo cuando veáis una concha o un pájaro o una herida. Cuando lleguéis al final de vuestro propio verano, entenderéis que el camino no tiene fin. Dios es Amor, Dios es Petróleo, y también todo lo demás.

martes, 2 de diciembre de 2008

ERIK SATIE, Cuadernos de un mamífero

La casa vieja, que se sostiene en cuclillas en el recodo del bosque, está mal pintada, mal dibujada y, sobre todo, es muy incómoda.

Se dejan para más tarde rastrillos, algunas layas, regaderas y un viejo jardinero.

Nuestros pintores de paisaje se niegan a reproducir los trazos de la vieja casa, de sus rastrillos, de sus layas, de su regadera y del viejo jardinero.

Todo ello no es más que un garabato.