viernes, 7 de mayo de 2010
CUADERNO DE NOTAS, Chéjov
Después de matar a su hermano, apagaron el velador, y no rezaron sus maitines. Por la mañana lo llevaron a la despensa de vinos diciendo que un malhechor lo había asesinado. Pero ya anteriormente lo habían acarreado más allá de las vías del tren, con el plan de sepultarlo en la nieve.
viernes, 16 de abril de 2010
MORFINA, Bulgákov
Tomé el bisturí tratando de imitar (una vez en mi vida, en la universidad, había visto una amputación) a alguien... Ahora le rogaba al destino que la joven no muriera en los siguientes treinta minutos... "Que muera en la sala, cuando yo haya terminado la operación..."
En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación. Hábilmente, de forma circular, como un carnicero experto, corté con un afilado bisturí la cadera; la piel se separó sin que saliera una sola gota de sangre. "Si las arterias comienzan a sangrar, ¿qué voy a hacer?", pensé, y como un lobo miré de reojo la montaña de pinzas de torsión. Corté un enorme pedazo de carne femenina y una de las arterias —con forma de tubito blancuzco—, pero de ella no salió ni una gota de sangre. La cerré con una pinza y continué. Coloqué esas pinzas de torsión en todos los lugares donde suponía que debía haber arterias... "Arteria... arteria... Diablos, ¿cómo se llama?..." La sala de operaciones parecía un hospital. Las pinzas de torsión colgaban en racimos. Con ayuda de la gasa las levantaron, y yo comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.
En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación. Hábilmente, de forma circular, como un carnicero experto, corté con un afilado bisturí la cadera; la piel se separó sin que saliera una sola gota de sangre. "Si las arterias comienzan a sangrar, ¿qué voy a hacer?", pensé, y como un lobo miré de reojo la montaña de pinzas de torsión. Corté un enorme pedazo de carne femenina y una de las arterias —con forma de tubito blancuzco—, pero de ella no salió ni una gota de sangre. La cerré con una pinza y continué. Coloqué esas pinzas de torsión en todos los lugares donde suponía que debía haber arterias... "Arteria... arteria... Diablos, ¿cómo se llama?..." La sala de operaciones parecía un hospital. Las pinzas de torsión colgaban en racimos. Con ayuda de la gasa las levantaron, y yo comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.
ZAMA, Antonio Di Benedetto
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.
Ahí estábamos, por irnos y no.
martes, 16 de febrero de 2010
OBRAS PÓSTUMAS PUBLICADAS EN VIDA, Robert Musil
Un pequeño ratón se había construido cerca del banco, rara vez visitado, un sistema de pasadizos. Profundos para un ratón, con agujeros para desaparecer y volver a aparecer en otro lugar. Dentro de ellos se detenía, volvía a correr en círculos. De los truenos del aire surgió una inmensa calma. La mano humana se hundió frente al respaldo del banco. Un ojo, tan pequeño y negro como la cabeza de un alfiler, se dirigió hacia allá. Y, por un momento, se tenía una sensación tan extraña y perturbadora que no se sabía de veras si ese pequeño ojo negro y vivaz daba vueltas o si era la enorme inmovilidad de las montañas la que se movía. Ya no se sabía si se estaba consumando en uno la voluntad del mundo o la de ese ratón que resplandecía desde ese ojo diminuto y solitario. Ya no se sabía: si había una lucha o si ya regía la eternidad.
jueves, 21 de enero de 2010
POR LOS TIEMPOS DE COLLING, Felisbesto Hernández
Solamente cuando la conversación de él aflojaba o tenía poco interés, aprovechaban a entrar en mi atención los pensamientos de las angustias; ellos cubrían esos otros instantes y exigían que se les atendiera. Ya habían estado merodeando algunos; eran a propósito de la actitud que había tenido la muchacha del pañuelo en la cabeza. ¿No habría sido cierto que por ser una muchacha linda yo hubiera querido sobreponerme a ella diciéndole una palabra refinada? Para ella, "lazarillo", sería una palabra refinada. ¿Y que después me hubiera angustiado porque habría sentido que ella reaccionaba respondiendo con aquella actitud? Siempre me ocurría lo mismo con algunos hechos: yo era despertado por ellos; accionaba espontánea y alegremente; ellos llegaban inesperados y sorpresivos; y yo no sabía ni pensaba que después volverían y empezarían a merodear; ni cuáles de ellos serían los que me volverían, los que me habrían quedado pegados con angustia. Cuando la muchacha me habló con aquella reacción, yo me quedé contemplándola; estaba completamente ocupado en contemplarla, y hasta en obedecerla, como cuando me dijo que entrara. Después, me había quedado en la memoria mi propia actitud pasiva; y me avergonzaba y me fastidiaba hasta la angustia. A veces atinaba, yo también, a reaccionar a tiempo. Pero mi maldito ritmo, mi lentitud, hacía que casi siempre llegara tarde o fuera de lugar. Entonces esos serían los hechos que después volverían. Y eran capaces de volver, hasta después de años. Y al recordarlos, de pronto, hacía inevitablemente una contracción de todos los músculos.
jueves, 14 de enero de 2010
LOS SIETE LOCOS, Roberto Arlt
Y clavados los ojos en el rincón sudeste del cuarto, sin sonreír, con una expresión casi dolorosa en el semblante sucio, con barba de tres días, Barsut monologaba lentamente, contaba sus terrores de hombre de veintisiete años, la preocupación que le había dejado en el entendimiento el guiño de un pez tuerto, y relacionando el pez tuerto con la mirada fisgona de una anciana alcahueta que quería que se casara con su hija que se dedicaba al espiritismo, derivaba la conversación hacia cada absurdo que de pronto, Erdosain, olvidándose de su rencor, se preguntaba si el otro no estaría loco. Elsa, indiferente a todo, cosía en la habitación medianera, mientras un profundo malestar inmovilizaba a Erdosain.
LA FUERZA DE LA COSTUMBRE, Thomas Bernhard
A la izquierda un piano
Delante cuatro atriles
Armario, mesa con radio, sillón, espejo, cuadros
El quinteto La Trucha por el suelo
Caribaldi está buscando algo debajo del armario
malabarista, entrando
Pero qué hace usted ahí
El quinteto en el suelo
Señor Caribaldi
Mañana Augsburgo
verdad
CARIBALDI
Mañana Augsburgo
MALABARISTA
El precioso quinteto
(recoge el quinteto)
Por cierto he recibido
la carta de Francia
(pone el quinteto en uno de los atriles)
Figúrese
con una garantía
Pero la experiencia enseña
que no se debe aceptar
una oferta
enseguida
Eso enseña la experiencia
(arregla el quinteto en el atril)
Sobre todo Burdeos
la ciudad blanca
Pero qué busca ahí
Señor Caribaldi
(coge el violonchelo que está apoyado en el atril, lo limpia con la manga derecha y vuelve a apoyarlo en el atril)
Polvoriento
todo está polvoriento
Porque tocamos
en este lugar tan polvoriento
Hace viento aquí
y polvo
CARIBALDI
Mañana Augsburgo
MALABARISTA
Mañana Augsburgo
Por qué tocamos aquí
me pregunto
Me pregunto por qué
Eso es cosa suya
Señor Caribaldi
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