jueves, 5 de agosto de 2010

POEMA, Eduardo Lizalde

Silla, no me engañas,
estás ahí,
me espías.
Conoces mis debilidades
sabes lo que soy,
que pienso, que camino,
pertenezco a un género de bestia
que necesita a ratos
sentarse,
que soy mortal en suma,
estoy tocado,
que los dioses no requieren de sillas.
Silla, tú también cazas,
tú eres también la muerte,
contigo misma me domas
y te parapetas contra mí
como en el circo se hace con caducos leones.
Pero yo lo sé, vigilo, duermo de pie,
bebo en la barra, estoy alerta.

A VECES ME PARECE, Roberto Juarroz

A veces me parece
que estamos en el centro
de la fiesta
sin embargo
en el centro de la fiesta
no hay nadie
En el centro de la fiesta
está el vacío
Pero en el centro del vacío
hay otra fiesta.

martes, 11 de mayo de 2010

INTRUSO EN EL POLVO, William Faulkner

Así que a la mañana siguiente, él y Aleck Sander se fueron con Edmonds. Hacía frío aquella mañana, el primer ramalazo de frío del invierno; los setos estaban tiesos y cubiertos de escarcha y el agua estancada de las cunetas de la carretera tenía una capita de hielo e incluso los bordes del agua corriente del arroyo Nine Mile brillaban frágiles y centelleantes como cristal mágico y de la primera granja que pasaron y luego de otra y otra llegaba el aroma encalmado del humo de leña y pudieron ver en los corrales los calderos de hierro negros espumeantes y a las mujeres que aún con las cofias de verano o con los sombreros de hombre viejos de fieltro y abrigos largos de hombre atizaban el fuego debajo y los hombres con delantales de saco atados con alambre por encima del mono afilaban cuchillos o trajinaban ya por las pocilgas en las que los cerdos gruñían y chillaban no sobresaltados del todo, sin alarma, alertados sólo como si percibiesen ya aunque difusamente su destino inmanente y suculento; al caer la noche, por todo el territorio colgarían cadáveres abiertos en canal olor a sebo espectrales intactos inmovilizados por las patas en actitudes de correr frenético como si a toda prisa al centro de la tierra.

viernes, 7 de mayo de 2010

CUADERNO DE NOTAS, Chéjov

Después de matar a su hermano, apagaron el velador, y no rezaron sus maitines. Por la mañana lo llevaron a la despensa de vinos diciendo que un malhechor lo había asesinado. Pero ya anteriormente lo habían acarreado más allá de las vías del tren, con el plan de sepultarlo en la nieve.

viernes, 16 de abril de 2010

MORFINA, Bulgákov

Tomé el bisturí tratando de imitar (una vez en mi vida, en la universidad, había visto una amputación) a alguien... Ahora le rogaba al destino que la joven no muriera en los siguientes treinta minutos... "Que muera en la sala, cuando yo haya terminado la operación..."

En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación. Hábilmente, de forma circular, como un carnicero experto, corté con un afilado bisturí la cadera; la piel se separó sin que saliera una sola gota de sangre. "Si las arterias comienzan a sangrar, ¿qué voy a hacer?", pensé, y como un lobo miré de reojo la montaña de pinzas de torsión. Corté un enorme pedazo de carne femenina y una de las arterias —con forma de tubito blancuzco—, pero de ella no salió ni una gota de sangre. La cerré con una pinza y continué. Coloqué esas pinzas de torsión en todos los lugares donde suponía que debía haber arterias... "Arteria... arteria... Diablos, ¿cómo se llama?..." La sala de operaciones parecía un hospital. Las pinzas de torsión colgaban en racimos. Con ayuda de la gasa las levantaron, y yo comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.

ZAMA, Antonio Di Benedetto

Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

Ahí estábamos, por irnos y no.

martes, 16 de febrero de 2010

OBRAS PÓSTUMAS PUBLICADAS EN VIDA, Robert Musil

Un pequeño ratón se había construido cerca del banco, rara vez visitado, un sistema de pasadizos. Profundos para un ratón, con agujeros para desaparecer y volver a aparecer en otro lugar. Dentro de ellos se detenía, volvía a correr en círculos. De los truenos del aire surgió una inmensa calma. La mano humana se hundió frente al respaldo del banco. Un ojo, tan pequeño y negro como la cabeza de un alfiler, se dirigió hacia allá. Y, por un momento, se tenía una sensación tan extraña y perturbadora que no se sabía de veras si ese pequeño ojo negro y vivaz daba vueltas o si era la enorme inmovilidad de las montañas la que se movía. Ya no se sabía si se estaba consumando en uno la voluntad del mundo o la de ese ratón que resplandecía desde ese ojo diminuto y solitario. Ya no se sabía: si había una lucha o si ya regía la eternidad.