jueves, 5 de noviembre de 2015
AUTOBIOGRAFÍA, Alfred Kubin
Ciertamente, no es mi intención criticar la insensata manera en que la mayoría de los hombres de hoy ocupan su tiempo. Sea como fuere, el espectáculo repulsivo que ofrece la densidad de nuestros paisajes industriales así como el aniquilamiento de la belleza de muchas de nuestras ciudades, mercados y pueblos, es responsable de una espantosa decadencia del gusto. Un medioambiente de hierro y cemento, escaparates agresivos y los horrores de un anuncio omnipresente acaban por turbar a los individuos, incluso a los más capaces de soportarlo. Las cosas, cada vez más rápidamente, van a la deriva, el alma continúa desesperándose, las diversiones se vuelven más absurdas.
sábado, 3 de octubre de 2015
LA DAMA DEL LAGO, Raymond Chandler
Durante unos breves instantes, las aguas fueron un confuso hervidero. Luego las ondas comenzaron a ensancharse lentamente hasta perderse en la distancia, haciéndose más y más leves, con un copo de espuma en el centro. Se oyó un ruido atenuado, sordo, que parecía llegar a nosotros con enorme retraso. Un viejo trozo de madera, putrefacto por la acción del agua, surgió súbitamente a la superficie. Su extremidad carcomida emergió más de medio metro fuera del agua y cayó de nuevo con un sordo chapoteo.
Las profundidades se fueron aclarando. Algo que no era un pedazo de madera se movía entre las olas. Se levantaba lentamente, con una infinitamente descuidada languidez; algo oscuro, largo y retorcido que rodaba perezosamente en el agua mientras subía. Rompió la tersa superficie de modo descuidado y sin prisas.
Vi lana negra, empapada, una chaqueta de cuero más negra que la tinta, un par de pantalones. Vi zapatos y algo que sobresalía extrañamente. Pude ver, también, una cabellera rubia oscurecida estirándose en el agua y permaneciendo un breve instante inmóvil para volver a arremolinarse.
La cosa volvió a girar nuevamente y un brazo apareció apenas sobre la superfie del agua, y ese brazo terminaba en una mano hinchada que parecía la extremidad de un monstruo. Luego apareció la cara, una masa blancuzca deshecha, hinchada, sin rasgos, sin ojos, sin boca. Un amasijo grisáceo, una pesadilla provista de cabellos.
Las profundidades se fueron aclarando. Algo que no era un pedazo de madera se movía entre las olas. Se levantaba lentamente, con una infinitamente descuidada languidez; algo oscuro, largo y retorcido que rodaba perezosamente en el agua mientras subía. Rompió la tersa superficie de modo descuidado y sin prisas.
Vi lana negra, empapada, una chaqueta de cuero más negra que la tinta, un par de pantalones. Vi zapatos y algo que sobresalía extrañamente. Pude ver, también, una cabellera rubia oscurecida estirándose en el agua y permaneciendo un breve instante inmóvil para volver a arremolinarse.
La cosa volvió a girar nuevamente y un brazo apareció apenas sobre la superfie del agua, y ese brazo terminaba en una mano hinchada que parecía la extremidad de un monstruo. Luego apareció la cara, una masa blancuzca deshecha, hinchada, sin rasgos, sin ojos, sin boca. Un amasijo grisáceo, una pesadilla provista de cabellos.
jueves, 9 de julio de 2015
PREPARATIVOS DE BODA EN EL CAMPO, Franz Kafka
Todos los que quieren atormentarme y que tienen ocupado por entero el espacio que me rodea se verán obligados a retroceder debido al indulgente transcurso del tiempo, sin que yo haya tenido que ayudarles ni lo más mínimo. Y yo podré ser débil y silencioso, como es lógico que sea, y dejar que hagan conmigo lo que quieran, y no obstante todo acabará bien, por el simple hecho de que los días pasan.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
EL GRAN SUEÑO DE ORO, Chester Himes
Nadie vio que Sugar Stonewall doblaba la esquina y echaba a correr por la séptima avenida. Era un hombre de piernas largas y estevadas, y pies planos. Corría como si sus pies fueran filetes de ternera y las calles estuvieran cubierta de vidrios rotos, y usaba los brazos como un molino de viento para mantenerse a flote. No sabía cuánto tiempo tendría que correr, ni de cuánto tiempo dispondría para hacerlo.
miércoles, 30 de enero de 2013
CONQUISTA DE LO INÚTIL, Werner Herzog
La noche del domingo al lunes tuve fiebre alta, la pierna me latía y el ganglio linfático a la izquierda de la ingle se me inflamó y se puso duro. Por la mañana tenía mucho pus en el pie. He ido al nuevo edificio de producción, porque en la piscina solo han encontrado uno de los télex, pero el del mensaje verdaderamente misterioso sigue perdido. Como suponía que nadie había tirado el papel a propósito, sino que una ráfaga de viento debía de haberlo arrastrado hasta la piscina, he buscado en el jardín y en el área de la piscina; finalmente he recordado desde qué dirección había soplado el viento el otro día, la he seguido y he dado con el papel perdido.
jueves, 8 de noviembre de 2012
LA ZARIGÜEYA DEL FUTURO, Ambrose Bierce
Un día, una Zarigüeya que se había quedado dormida colgada por la cola de la rama más alta de un árbol se despertó y vio una larga Serpiente enrollada en la rama, entre ella y el tronco del árbol.
—Si me quedo aquí —se dijo a sí misma—, me va a comer; y si me suelto, me romperé el cuello.
Pero, de pronto, se le ocurrió que podía disimular.
—Mi perfeccionada amiga —dijo—, mi instinto natural reconoce en ti una noble prueba y ejemplo de la teoría de la evolución. Eres la Zarigüeya del Futuro, el sublime Superviviente Final de nuestra especie, el resultado último de la adaptabilidad progresiva: ¡eres toda cola!
Pero la Serpiente, orgullosa de su destacado papel en los relatos bíblicos, era estrictamente ortodoxa y no aceptó esta interpretación científica de la realidad.
—Si me quedo aquí —se dijo a sí misma—, me va a comer; y si me suelto, me romperé el cuello.
Pero, de pronto, se le ocurrió que podía disimular.
—Mi perfeccionada amiga —dijo—, mi instinto natural reconoce en ti una noble prueba y ejemplo de la teoría de la evolución. Eres la Zarigüeya del Futuro, el sublime Superviviente Final de nuestra especie, el resultado último de la adaptabilidad progresiva: ¡eres toda cola!
Pero la Serpiente, orgullosa de su destacado papel en los relatos bíblicos, era estrictamente ortodoxa y no aceptó esta interpretación científica de la realidad.
jueves, 1 de noviembre de 2012
AMERICA, Franz Kafka
—Vaya, aquí está por fin el señor Jakob.
—Me llamo Rossmann —dijo Karl tomando la mano que le tendía una muchacha cuyos contornos distinguía ahora.
—Es mi sobrino Jakob —dijo el señor Pollunder a manera de explicación—, y se llama Karl Rossmann.
—Pues nos sentimos igualmente alegres de verlo aquí —dijo la muchacha, que no daba demasiada importancia a los nombres.
—Me llamo Rossmann —dijo Karl tomando la mano que le tendía una muchacha cuyos contornos distinguía ahora.
—Es mi sobrino Jakob —dijo el señor Pollunder a manera de explicación—, y se llama Karl Rossmann.
—Pues nos sentimos igualmente alegres de verlo aquí —dijo la muchacha, que no daba demasiada importancia a los nombres.
martes, 10 de julio de 2012
BODAS EN CASA, Bohumil Hrabal
Y escribo en mi Perkeo atómica hasta que el sol se pone detrás del lavadero, entonces pongo la mesita aquí y escribo hasta que la sombra me parte la cabeza y luego me la corta, que es cuando subo al tejado, donde hay sol hasta la puesta... Pero ya ve que el tejado está inclinado, ¡y no vea las veces que he tenido que cortar las patas de la silla y del taburete!, primero las corté tan mal que acentué la inclinación aún más, luego las corté de tal modo que compensaban la inclinación hacia el otro lado, así, la máquina de escribir se me hubiera deslizado encima de la bragueta, y el taburete, también lo corté dos veces y lo destrocé totalmente, lo utilicé para leña y tuve que comprar otro para lograr la inclinación correcta, tanto del taburete como de la silla, y ahora sí, mi Perkeo reposa horizontalmente sobre la silla, ya lo ha visto usted misma...
A SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN, Osvaldo Soriano
El inglés eligió el arma y se levantó de un salto, apurado por terminar con su adversario. El italiano, que nunca había disparado un tiro, insistió en la cuestión de la distancia, pero Monsieur Daladieu rechazó la objeción y pidió a los rivales que se reunieran en el campo de tenis. Ni bien oyeron la orden del francés, los invitados pasaron la voz y corrieron a buscar un lugar en la tribuna.
viernes, 27 de enero de 2012
ROSAURA A LAS DIEZ, Marco Denevi
Yo era el ayo sin sexo y sin instintos, delante del cual podían hablar de sí mismas y de los hombres como si estuviesen solas. Sí, a mí podían mostrarme un rostro sin afeites, un rostro de entrecasa, y en mi presencia podían cruzar despreocupadamente las piernas, porque yo no iba a espiarles el muslo.
miércoles, 30 de marzo de 2011
CHELKASH, Máximo Gorki
El mar siempre despertaba en él un sentimiento amplio y cálido que se apoderaba de su alma, depurándola en cierto modo de la basura de la vida. Estimaba esto y le agradaba verse mejor allí, entre el agua y el aire, donde las preocupaciones de la vida y la vida misma pierden, las primeras, su intensidad, y la segunda, su valor.
SANTUARIO, Willian Faulkner
Al mirar la comida descubrió que no tenía ningún apetito, que ni siquiera quería mirarla. Levantó el vaso y vació su contenido con una expresión de cautela en el rostro; se acostó y desvió apresuradamente la cara de la bandeja, palpando en busca de los cigarrillos. Al ir a encender el fósforo miró de nuevo la bandeja, cogió cuidadosamente un fragmento de patata entre los dedos y se lo comió. Se comió otro; el cigarrillo por encender en la otra mano. Luego dejó el cigarrillo, cogió el cuchillo y el tenedor y comenzó a comer, deteniéndose de vez en cuando para subirse la bata hasta el hombro.
LOS SIETE AHORCADOS, Leonidas Andreyev
Se contempló a sí mismo con atención, con interés, comenzando por los grandes zapatos de prisionero, terminando por el estómago en el que se hinchaba el uniforme de prisionero. Comenzó a andar por la habitación abriendo los brazos mientras se seguía contemplando, como una mujer con un vestido nuevo que le queda largo. Giró la cabeza. Ésto, por alguna razón un tanto terrorífica, era él: Serguei Golovin, y esto dejaría de serlo. Y todo se hacía muy extraño.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
NO IMPORTA, Agota Kristof
No tengo ganas de volver a casa porque el fregadero está atascado, pero tampoco tengo ganas de caminar así que me detengo en la acera de espaldas a un gran almacén, miró cómo la gente entra y sale y pienso que los que salen deberían quedarse dentro y los que entran deberían quedarse fuera, eso ahorraría bastante movimiento y bastante cansancio.
Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían. Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la tienda porque las puertas están constantemente abiertas y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi habitación.
Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían. Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la tienda porque las puertas están constantemente abiertas y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi habitación.
martes, 28 de septiembre de 2010
LOS PICHICIEGOS, Rodolfo Enrique Fogwill
—Al revés del calor —dijo el otro día—, estás en el calor, llegás del frío. Sos calor, sos calor, lo sentís. Entra el calor, sentís: ¡Qué lindo es esto, que nunca se termine! Y sigue el calor calentando. Sigue un día, más días calienta y ya no se siente que es calor. No gusta, es eso: es aire, es el mundo nomás. Vos sos calor, todo es calor, te olvidás del calor y del frío y no te importa nada, te dejás calentar, te cocinás por el calor y te quedás como dormido y ya nada te gusta, ni el frío ni el calor, ni el aire, ni vos mismo: nada te gusta.
jueves, 23 de septiembre de 2010
SONATA A KREUTZER, Lev Tolstói
Me espantó seguir acostado en la oscuridad y prendí una cerilla, y en aquella pequeña habitación de papel pintado de color amarillo me invadió algo parecido al pánico. Encendí un cigarrillo y, como siempre ocurre cuando das vueltas a las mismas contradicciones irresolubles, fumé, y fumé un pitillo tras otro para nublarme la mente y dejar de ver tales contradicciones.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
EL PENTÁGONO, Antonio Di Benedetto
Es una vida dura, sí, porque uno sabe que siempre está reflejado en los otros dos y que cuanto uno hace lo hacen los otros y que por consiguiente se lo estorban, como uno se los estorba a los otros. Puesto que ahí está todo y todo se resuelve en eses volver a ellos y ellos volver a uno, todo, ciertamente, es incierto. Lo único que parece cierto es que uno se hallará en los otros y los otros se hallarán en uno.
No vale una lágrima, por ejemplo, vestirse de domingo, cuando la oficina está cerrada, e ir a pasear a la avenida, porque allí, sin duda, estarán los otros, paseando para ver a las mismas muchachas, vestidos con trajes del mismo precio que el mío, porque ganamos lo mismo y no podemos comprar nada más caro y no nos rebajaríamos a comprar nada más barato. No vale, no, porque cuando yo ponga el pie en el cajón de lustrar, ellos igualmente pondrán su pie y si alguno de ellos lo hubiera puesto antes que yo, yo lo pondría al mismo tiempo que él y también el otro y así lo tres simultánea, uniforme, indénticamente, siempre...
No vale una lágrima, por ejemplo, vestirse de domingo, cuando la oficina está cerrada, e ir a pasear a la avenida, porque allí, sin duda, estarán los otros, paseando para ver a las mismas muchachas, vestidos con trajes del mismo precio que el mío, porque ganamos lo mismo y no podemos comprar nada más caro y no nos rebajaríamos a comprar nada más barato. No vale, no, porque cuando yo ponga el pie en el cajón de lustrar, ellos igualmente pondrán su pie y si alguno de ellos lo hubiera puesto antes que yo, yo lo pondría al mismo tiempo que él y también el otro y así lo tres simultánea, uniforme, indénticamente, siempre...
LOS ASESINOS DE LOS DÍAS DE FIESTA, Marco Denevi
El edificio es viejísimo, una inmensa pajarera, un palomar oscuro y casi en ruinas al que las palomas lo dejaron hay que ve cómo. Y qué ganas de desperdiciar espacio. Porque todo el centro está ocupado por un patio que no sirve para nada, largo y ancho como el de un colegio o una fábrica. Alrededor se enciman siete pisos de minúsculas oficinas, cajones que medirán lo que un decente cuarto de baño. Las puertas de esos cuchitriles se abren a galerías descubiertas, cada una con su baranda de hierro, que a la vez dan al patio central, de modo que aquello parece la decrépita sala de un teatro con la platea sin butacas y arriba las siete filas de palcos a la miseria. El techo es una enorme claraboya, pero los vidrios roñosos dejan pasar una luz tan turbia que ahí siempre se tiene la impresión de que está por llover.
martes, 10 de agosto de 2010
EN LAS ALTURAS, Thomas Bernhard
durante horas de un lado a otro,
esa gente, cómica, autoengaño: sus contorsiones faciales,
cómo podrían volver a salir de la cárcel en que fueron encerrados,
no queda la menor esperanza,
la realidad es que lo que expresamos, escribimos, es diez veces más tonto que lo que pensamos,
pero sin embargo, como los grandes escritores, nos dejamos tomar por mucho más tontos de lo que somos, y cometemos el absurdo de decir algo, escribirlo, expresar una opinión, defender una orientación, pronunciarnos por una idea.
esa gente, cómica, autoengaño: sus contorsiones faciales,
cómo podrían volver a salir de la cárcel en que fueron encerrados,
no queda la menor esperanza,
la realidad es que lo que expresamos, escribimos, es diez veces más tonto que lo que pensamos,
pero sin embargo, como los grandes escritores, nos dejamos tomar por mucho más tontos de lo que somos, y cometemos el absurdo de decir algo, escribirlo, expresar una opinión, defender una orientación, pronunciarnos por una idea.
TODOS LOS HERMOSOS CABALLOS, Cormac McCarthy
La llama de la vela y la imagen de la llama de la vela reflejada en el espejo de cuerpo entero se retorció y enderezó cuando el hombre entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Se quitó el sombrero y avanzó lentamente. Las tablas del suelo crujían bajo sus botas. Se detuvo, vestido de luto, ante el espejo oscuro donde los lirios se inclinaban, pálidos, en el curvilíneo florero de cristal tallado. A lo largo del frío pasillo que tenía a sus espaldas colgaban los retratos de antepasados vagamente conocidos por él, todos enmarcados en cristal y débilmente iluminados sobre el estrecho revestimiento de madera. Bajó la mirada hacia el estriado resto de vela. Apretó la yema del pulgar contra la cera caliente encharcada sobre la chapa de roble. Por último miró aquel rostro hundido y contraído entre los pliegues de la mortaja funeraria, el bigote amarillento, los párpados finos como el papel. Aquello no era dormir. Aquello no era dormir.
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