viernes 27 de enero de 2012

ROSAURA A LAS DIEZ, Marco Denevi

Yo era el ayo sin sexo y sin instintos, delante del cual podían hablar de sí mismas y de los hombres como si estuviesen solas. Sí, a mí podían mostrarme un rostro sin afeites, un rostro de entrecasa, y en mi presencia podían cruzar despreocupadamente las piernas, porque yo no iba a espiarles el muslo.

miércoles 30 de marzo de 2011

CHELKASH, Máximo Gorki

El mar siempre despertaba en él un sentimiento amplio y cálido que se apoderaba de su alma, depurándola en cierto modo de la basura de la vida. Estimaba esto y le agradaba verse mejor allí, entre el agua y el aire, donde las preocupaciones de la vida y la vida misma pierden, las primeras, su intensidad, y la segunda, su valor.

SANTUARIO, Willian Faulkner

Al mirar la comida descubrió que no tenía ningún apetito, que ni siquiera quería mirarla. Levantó el vaso y vació su contenido con una expresión de cautela en el rostro; se acostó y desvió apresuradamente la cara de la bandeja, palpando en busca de los cigarrillos. Al ir a encender el fósforo miró de nuevo la bandeja, cogió cuidadosamente un fragmento de patata entre los dedos y se lo comió. Se comió otro; el cigarrillo por encender en la otra mano. Luego dejó el cigarrillo, cogió el cuchillo y el tenedor y comenzó a comer, deteniéndose de vez en cuando para subirse la bata hasta el hombro.

LOS SIETE AHORCADOS, Leonidas Andreyev

Se contempló a sí mismo con atención, con interés, comenzando por los grandes zapatos de prisionero, terminando por el estómago en el que se hinchaba el uniforme de prisionero. Comenzó a andar por la habitación abriendo los brazos mientras se seguía contemplando, como una mujer con un vestido nuevo que le queda largo. Giró la cabeza. Ésto, por alguna razón un tanto terrorífica, era él: Serguei Golovin, y esto dejaría de serlo. Y todo se hacía muy extraño.

miércoles 29 de septiembre de 2010

NO IMPORTA, Agota Kristof

No tengo ganas de volver a casa porque el fregadero está atascado, pero tampoco tengo ganas de caminar así que me detengo en la acera de espaldas a un gran almacén, miró cómo la gente entra y sale y pienso que los que salen deberían quedarse dentro y los que entran deberían quedarse fuera, eso ahorraría bastante movimiento y bastante cansancio.

Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían. Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la tienda porque las puertas están constantemente abiertas y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi habitación.

martes 28 de septiembre de 2010

LOS PICHICIEGOS, Rodolfo Enrique Fogwill

—Al revés del calor —dijo el otro día—, estás en el calor, llegás del frío. Sos calor, sos calor, lo sentís. Entra el calor, sentís: ¡Qué lindo es esto, que nunca se termine! Y sigue el calor calentando. Sigue un día, más días calienta y ya no se siente que es calor. No gusta, es eso: es aire, es el mundo nomás. Vos sos calor, todo es calor, te olvidás del calor y del frío y no te importa nada, te dejás calentar, te cocinás por el calor y te quedás como dormido y ya nada te gusta, ni el frío ni el calor, ni el aire, ni vos mismo: nada te gusta.

jueves 23 de septiembre de 2010

SONATA A KREUTZER, Lev Tolstói

Me espantó seguir acostado en la oscuridad y prendí una cerilla, y en aquella pequeña habitación de papel pintado de color amarillo me invadió algo parecido al pánico. Encendí un cigarrillo y, como siempre ocurre cuando das vueltas a las mismas contradicciones irresolubles, fumé, y fumé un pitillo tras otro para nublarme la mente y dejar de ver tales contradicciones.